Zorgu y la cosecha de otro planeta
Semillas extraterrestres, una planta hambrienta y unas instrucciones que nadie leyó.
Zorgu llevaba varios días encerrado en el laboratorio del Castillo, mezclando tierra, agua y unas semillas que había traído de un planeta cuyo nombre sonaba como una tos muy larga.
—Son semillas de calabaza intergaláctica —explicó, orgulloso—. Crecen deprisa, brillan en la oscuridad y, según la etiqueta, tienen un carácter encantador.
—¿Y has leído las instrucciones? —preguntó Nat desde la puerta.
Zorgu miró el sobre. Luego miró las semillas. Después escondió el sobre detrás de la espalda.
—Por supuesto. Más o menos.
Al día siguiente, en el jardín había una calabaza del tamaño de una carreta. Tenía hojas enormes, un tallo retorcido y una expresión que no invitaba precisamente a acercarse. Cuando Chaw pasó junto a ella, la planta estiró una guía y le arrebató el sombrero.
—¡Invasión vegetal! —rugió el dragón—. ¡Zorgu, tu desayuno está intentando comerse mi cabeza!
La calabaza soltó el sombrero, pero enseguida atrapó una regadera. Luego engulló un puñado de semillas y empezó a perseguir una cesta de galletas que alguien había dejado cerca.
—Creo que tiene hambre —dijo Zorgu, examinando la planta con su aparato de diagnóstico.
—¡Pues que se coma una ensalada! —protestó Chaw, subido a una estatua para mantenerse fuera del alcance de las hojas.
Nat se acercó despacio. En lugar de gritar, dejó delante de la calabaza una cesta de frutas y le habló con voz tranquila.
—A ver, grandullona. ¿Qué necesitas? Aquí podemos compartir, pero no se come ni el sombrero de Chaw ni las galletas de la biblioteca.
La calabaza dejó de moverse. Una de sus hojas acarició una manzana y la acercó a la boca. Después se quedó quieta, como si estuviera escuchando.
Zorgu consultó por fin las instrucciones. La planta no era peligrosa: crecía hasta alcanzar un tamaño gigantesco cuando se sentía ignorada. Para reducirla, había que ofrecerle alimento, atención y unas palabras amables.
—¿Me estás diciendo que hemos estado a punto de entrar en guerra con una calabaza porque necesitaba que le hiciéramos caso? —preguntó Chaw.
—En mi planeta lo llamamos comunicación interespecie —respondió Zorgu.
—En el mío lo llamamos martes.
Nat felicitó a la calabaza por sus hojas preciosas y le explicó las normas del jardín. Poco a poco, la planta se encogió hasta quedarse en un tamaño razonable, perfecto para decorar la entrada del Castillo.
Zorgu anotó en su cuaderno: «Leer las instrucciones antes de plantar especies extraterrestres». Chaw añadió debajo: «Y comprobar si tienen botón de apagado antes de acercarse».
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