La calabaza que conocía los secretos del Castillo
Un misterio otoñal sobre la memoria, las historias y los secretos que guarda una casa.
La primera señal fue una luz naranja bajo la puerta principal del Castillo. No era la luz de una lámpara ni el reflejo de la luna. Era un resplandor suave, como si alguien hubiera guardado una pequeña puesta de sol en el umbral.
Cuando Nat abrió, encontró una calabaza redonda y brillante. En su piel tenía grabado un símbolo: una estrella rodeada por tres pequeñas hojas.
—No recuerdo haber encargado una calabaza con decoración misteriosa —dijo.
Chaw se inclinó para examinarla.
—Podríamos hacer una sopa.
La calabaza emitió un destello.
—O no —añadió el dragón, apartándose un paso.
Zorgu pasó su escáner por encima del símbolo. La pantalla se llenó de signos extraños y, finalmente, mostró una flecha que apuntaba hacia el ala norte del Castillo.
—Parece que quiere que la sigamos —dijo.
El grupo recorrió un pasillo que casi nunca utilizaban. Al final encontraron una puerta antigua, oculta tras un tapiz. El símbolo de la calabaza encajaba exactamente en una pequeña marca de la madera. En cuanto Nat acercó la calabaza, la cerradura hizo clic.
Al otro lado había una habitación cubierta de polvo, con estanterías, cartas y un libro abierto sobre una mesa. En la primera página aparecía un nombre: Elvira, la guardiana del Castillo.
Las páginas contaban la historia de una mujer que, muchos años atrás, había protegido la biblioteca y ayudado a todos los que llamaban a la puerta. Con el paso del tiempo, su nombre se había olvidado, aunque sus pequeñas acciones seguían presentes en cada rincón de la casa.
Entre las páginas encontraron una nota escrita con tinta azul: «Un hogar no se construye solo con paredes. También se construye con las historias que decidimos conservar»
Nat leyó la frase en voz alta. Por un momento, nadie hizo bromas. Incluso Chaw, que normalmente encontraba una oportunidad para hablar de comida en cualquier situación, permaneció callado.
Decidieron limpiar la habitación, ordenar los documentos y contar la historia de Elvira cada otoño para que su recuerdo no volviera a perderse.
Cuando terminaron, llevaron la calabaza a la biblioteca y la colocaron en una estantería. Desde entonces, cada Halloween su estrella se ilumina durante unos segundos, justo cuando el reloj del Castillo da las doce.
Chaw sigue proponiendo convertirla en sopa una vez al año, por si acaso. Pero la calabaza brilla cada vez que lo oye, y el dragón ha aprendido que hay secretos que es mejor dejar enteros.
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