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25 de octubre de 2026

Chaw y la calabaza rebelde

 




Chaw y la calabaza rebelde

Una calabaza con sueños propios y un dragón que aprende a escuchar.

Chaw llevaba toda la mañana mirando una calabaza enorme que había aparecido en el huerto del Castillo. Era redonda, naranja y tan brillante que parecía haberse tragado un atardecer entero.

—Este año voy a hacer la calabaza más terrorífica de la historia —anunció el dragón rojo, afilando con mucho cuidado una pequeña herramienta.

—¿Y quién ha dicho que quiera ser terrorífica? —respondió una voz desde el huerto.

Chaw se quedó inmóvil. Miró a un lado, al otro y hasta detrás de sus propias alas.

—He sido yo —dijo la calabaza—. Y te advierto que no pienso dejar que me hagas ojos triangulares. El año pasado vi cómo acabó la pobre calabaza de la señora del molino. ¡Parecía que había perdido una discusión con una cuchara!

En ese momento apareció Zorgu, que observó la escena con la tranquilidad de quien ya había visto cosas bastante más raras en otros planetas.

—Tal vez deberías preguntarle qué quiere hacer —sugirió el extraterrestre.

—¿Preguntarle? ¡Pero si es una calabaza! —protestó Chaw.

—Y tú eres un dragón que discute con una calabaza. No estamos para juzgar a nadie —contestó Zorgu.

La calabaza explicó que no quería acabar convertida en una cara espeluznante. Su sueño era viajar, conocer el mundo y ver cómo se ponía el sol desde lo alto de la colina.

Chaw se rascó la cabeza. Después de pensarlo un momento, apartó la herramienta y decidió ayudarla. Entre los dos la acomodaron con cuidado en una pequeña carretilla. Zorgu añadió una manta, una botella de agua y un mapa que, por desgracia, estaba dibujado al revés.

Cuando salieron del huerto, ocurrió algo extraordinario: otras calabazas empezaron a rodar detrás de ellos. Una quería ver el mar; otra, conocer la biblioteca; una tercera solo quería alejarse de las recetas de la cocinera del Castillo.

Al caer la tarde, todas llegaron a la colina. El cielo se tiñó de naranja, rosa y violeta, y la calabaza viajera guardó silencio, emocionada.

—Gracias por no convertirme en una decoración terrorífica —dijo al fin.

Chaw sonrió. A la mañana siguiente colocó un cartel en el huerto: «En este huerto respetamos los sueños de las calabazas».

Zorgu leyó el cartel y añadió debajo, con letra diminuta: «Excepto si sueñan con comerse al jardinero».

Chaw fingió no haberlo visto. Esa noche se comió un buen trozo de tarta de calabaza y decidió que, por una vez, era mejor no hacer preguntas.

✨ Imagen creada con inteligencia artificial como recurso visual para acompañar este artículo.

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