Zorgu y Chaw en el Castillo de Ormond
Había una mañana gris y tranquila en Irlanda cuando Zorgu y Chaw llegaron hasta las orillas del río Suir.
El agua avanzaba despacio, reflejando un cielo cubierto de nubes que parecían haberse quedado atrapadas entre las colinas.
Chaw caminaba unos pasos por delante, mirando absolutamente todo.
—Zorgu...
—¿Qué?
—Creo que hemos encontrado otro castillo.
Zorgu levantó la cabeza.
—Chaw, llevamos tres días en Irlanda. Hemos encontrado diecisiete.
—Sí, pero este tiene algo diferente.
Zorgu se quedó quieto.
Frente a ellos se levantaba el Castillo de Ormond.
O, mejor dicho, lo que parecía ser un castillo.
Porque cuanto más se acercaban, más extraño resultaba.
Había torres y muros que hablaban de una Irlanda medieval, pero también una elegante construcción Tudor que parecía pertenecer a otra época.
—¿Seguro que esto es un castillo? —preguntó Zorgu.
Chaw lo miró con expresión solemne.
—En Irlanda nunca hay que hacer esa pregunta.
Y tenía razón.
Porque Ormond Castle, situado en Carrick-on-Suir, junto al río Suir, es precisamente una mezcla de épocas.
Las partes más antiguas pertenecen al complejo medieval y, durante el siglo XV, se levantaron dos grandes torres.
Pero en la década de 1560 ocurrió algo extraordinario.
Thomas Butler, décimo conde de Ormond, añadió una elegante mansión de estilo Tudor al antiguo castillo.
La construcción comenzó alrededor de 1565 y se convirtió en uno de los ejemplos más importantes de arquitectura isabelina de Irlanda.
Zorgu abrió mucho los ojos.
—Entonces… ¿un castillo medieval con una casa Tudor pegada?
—Exactamente —respondió Chaw—. Irlanda nunca decepciona.
Entraron.
Y allí fue cuando los dos se quedaron completamente callados.
La gran sala se extendía ante ellos y la decoración parecía contar historias en las paredes.
Había elaborados trabajos de yesería, símbolos Tudor y representaciones relacionadas con la monarquía inglesa.
Incluso aparecían representaciones de Isabel I y de su hermano Eduardo VI.
Zorgu se acercó tanto a una de las paredes que Chaw tuvo que agarrarlo de la cola para apartarlo.
—No toques nada.
—Solo estaba mirando.
—Con tu dedo.
—Es una forma muy avanzada de mirar.
Chaw suspiró.
—Eres imposible.
Continuaron avanzando hasta llegar a la gran galería.
Era larga, elegante y luminosa.
Y entonces ocurrió.
Una corriente de aire recorrió la estancia.
Las llamas de las velas temblaron.
Chaw se detuvo.
—¿Has sentido eso?
Zorgu asintió lentamente.
—Sí.
Durante unos segundos no se escuchó absolutamente nada.
Ni el viento.
Ni el río.
Ni siquiera los pájaros.
Entonces, desde el extremo de la galería, llegó un sonido.
Unos pasos.
Lentos.
Uno.
Dos.
Tres.
Chaw miró a Zorgu.
—Dime que eso lo has escuchado tú también.
—Lo he escuchado.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Porque si solamente lo hubiera escuchado yo, significaría que estoy perdiendo la cabeza.
Los pasos volvieron a sonar.
Esta vez más cerca.
Y una sombra apareció al fondo de la galería.
Era un hombre vestido con ropas antiguas.
Permaneció quieto unos instantes.
Después levantó una mano.
—¿Thomas Butler? —preguntó Zorgu.
La figura no respondió.
Pero Chaw había empezado a recordar algo.
Thomas Butler, conocido como “Black Tom”, había pasado parte de su vida relacionado con la corte inglesa y tenía una estrecha relación familiar con Isabel I.
Según la historia del castillo, la nueva mansión Tudor fue construida en honor de aquella relación.
Y allí estaban ellos, siglos después, caminando por las habitaciones que aquel hombre había mandado construir.
La sombra dio un paso hacia ellos.
Pero antes de que pudiera acercarse más…
una ráfaga de viento atravesó la galería.
Las velas se apagaron.
Y cuando volvieron a encenderse…
la figura había desaparecido.
Chaw tragó saliva.
—Zorgu.
—Sí.
—Creo que deberíamos irnos.
—Estoy completamente de acuerdo.
Caminaron hacia la salida.
Pero justo antes de abandonar el castillo, Zorgu se detuvo.
Miró hacia atrás.
En una de las ventanas, durante apenas un segundo, creyó ver una silueta.
Una mujer.
Vestida de blanco.
Y llevaba algo en las manos.
—Chaw...
—No.
—Pero...
—He dicho que no.
—No sabes qué iba a decir.
—Sí lo sé.
—¿Y si era un fantasma?
Chaw lo miró fijamente.
—Entonces que siga siendo un fantasma. Nosotros tenemos cosas que hacer.
Salieron al exterior.
El aire frío del río les golpeó la cara.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Hasta que Chaw sonrió.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que algunos castillos no necesitan fantasmas.
—¿Por qué?
Chaw miró hacia Ormond.
—Porque ya están llenos de historias.
Y mientras los dos se alejaban siguiendo el curso del río Suir, una última ráfaga de viento recorrió las antiguas torres.
Tal vez solamente era el viento.
Tal vez.
Porque en Irlanda…
nunca se puede estar completamente seguro.
Un poquito de historia del Castillo de Ormond
Y ahora, fuera de nuestra aventura, vamos a quedarnos con la parte real de la historia.
El Castillo de Ormond se encuentra en Carrick-on-Suir, en el condado de Tipperary, junto al río Suir.
El lugar tiene raíces medievales y el complejo fue evolucionando durante varios siglos. Las torres que forman parte del castillo actual pertenecen al siglo XV, mientras que Thomas Butler, décimo conde de Ormond, añadió en torno a 1565 la espectacular mansión Tudor.
Una de sus grandes joyas es la Long Gallery, una galería de unos 30 metros, junto con sus extraordinarios trabajos decorativos de yesería. La decoración incorpora retratos de Isabel I y Eduardo VI y numerosos motivos relacionados con la dinastía Tudor.
El castillo también atravesó épocas muy complicadas. Durante el siglo XVII sufrió los efectos de los conflictos políticos y militares de Irlanda y posteriormente quedó en estado de deterioro. En el siglo XX comenzó un largo proceso de conservación y restauración que permitió recuperar buena parte de su esplendor.
Y quizá por eso Ormond tiene algo especial.
No es solamente un castillo.
Es como si varias Irlandas hubieran decidido construir una casa juntas.
La Irlanda medieval.
La Irlanda Tudor.
La Irlanda de los grandes señores.
La Irlanda de las guerras.
Y la Irlanda que hoy conserva todo aquello para que podamos caminar por sus habitaciones y preguntarnos quién estuvo allí antes que nosotros.
Y, por supuesto…
Zorgu y Chaw.
Porque si ellos han estado allí, seguramente todavía queda alguna historia que el castillo no nos ha contado.
Fotografía: El Castillo de Nat 🌻🐝
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