CHAW Y ZORGU Y EL SECRETO DE LAS PIEDRAS QUE MIRAN AL CIELO
El viaje había comenzado sin que ninguno de los dos supiera exactamente dónde iban a terminar.
—Zorgu… —dijo Chaw mientras avanzaban por un camino polvoriento—, ¿tú sabes dónde estamos?
Zorgu miró su extraño instrumento de navegación, lo giró hacia un lado, después hacia el otro y finalmente decidió que lo más prudente era apagarlo.
—Tengo tres posibilidades.
—¿Tres?
—Sí. La primera: nos hemos equivocado de planeta.
Chaw levantó una ceja.
—Eso ya lo hicimos una vez.
—La segunda: seguimos en el mismo planeta, pero hemos retrocedido unos cinco mil años.
Chaw se quedó mirando el paisaje.
—¿Y la tercera?
Zorgu sonrió.
—Que hemos llegado exactamente al lugar al que teníamos que llegar.
Fue entonces cuando los dos lo vieron.
Frente a ellos se levantaban unas enormes piedras colocadas por manos humanas hacía miles de años.
Chaw se acercó lentamente.
—Zorgu… estas piedras no están aquí por casualidad.
Habían llegado a Antequera, en Málaga, al lugar donde se encuentra uno de los conjuntos megalíticos más extraordinarios de Europa: los Dólmenes de Antequera.
Y aquello no era simplemente un montón de piedras antiguas.
Era un lugar pensado, construido y orientado con una precisión que todavía hoy continúa fascinando a arqueólogos, historiadores y visitantes.
El conjunto está formado principalmente por los dólmenes de Menga, Viera y El Romeral, construcciones levantadas durante la Prehistoria, hace miles de años, cuando las personas que habitaban estas tierras no disponían de máquinas modernas, grúas ni herramientas capaces de hacer sencillo el trabajo que tenían por delante.
Y sin embargo, movieron enormes bloques de piedra.
Los colocaron.
Los orientaron.
Construyeron espacios que han sobrevivido durante milenios.
Chaw puso una de sus pequeñas garras sobre una de las piedras.
—¿Te das cuenta de que cuando nosotros lleguemos a casa probablemente nadie creerá que hemos estado aquí?
—Eso depende —respondió Zorgu—. Si vuelves a tocar las piedras, quizá consigamos despertar a alguien.
Chaw retiró inmediatamente la garra.
—Vale. No toco nada.
Pero había algo que intrigaba especialmente a Zorgu.
El dolmen de Menga.
Su orientación es extraordinaria porque, a diferencia de muchos monumentos megalíticos orientados hacia la salida del Sol, Menga está orientado hacia un elemento del paisaje: la Peña de los Enamorados, una enorme formación rocosa que domina el horizonte.
La historia se volvía todavía más interesante.
Porque desde Menga, aquella montaña parece formar parte del propio monumento.
Zorgu observó la Peña durante unos segundos.
—Chaw, creo que las personas que construyeron esto querían que las piedras y el paisaje hablaran entre ellos.
—¿Las piedras hablan?
—No como tú y yo.
—Menos mal.
—Pero pueden señalar.
Chaw miró hacia la montaña.
Y entonces comprendió.
No estaban simplemente ante un edificio.
Estaban ante una manera de mirar el mundo.
El cielo.
El paisaje.
La muerte.
La vida.
Los ciclos de la naturaleza.
Y las grandes piedras como testigos de todo aquello.
Pero el lugar guardaba todavía otra sorpresa.
Más lejos se encontraba El Romeral, un tholos construido mediante grandes piedras y cubierto por una estructura de tierra. Su arquitectura era diferente de la de Menga y Viera, pero formaba parte de ese extraordinario paisaje megalítico de Antequera.
Zorgu sacó entonces su pequeño aparato.
—Tengo una lectura.
—¿Qué dice?
—Que aquí hubo personas capaces de imaginar algo mucho más grande que ellas mismas.
Chaw sonrió.
—Eso no es una lectura científica.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿qué es?
Zorgu guardó el aparato.
—Una lectura de Zorgu.
Los dos continuaron caminando.
Y mientras el Sol descendía lentamente sobre el paisaje, Chaw volvió la vista hacia Menga.
Durante un instante tuvo la sensación de que las piedras estaban observándolos.
No era miedo.
Era algo diferente.
Como si aquellos enormes bloques hubieran permanecido allí durante miles de años esperando que alguien volviera a mirar.
—Zorgu…
—¿Sí?
—¿Y si el verdadero misterio no es cómo consiguieron construir esto?
Zorgu la miró.
—¿Entonces cuál es?
Chaw observó la montaña, las piedras y el cielo.
—Por qué, después de tantos miles de años, seguimos viniendo aquí.
Zorgu tardó unos segundos en responder.
—Quizá porque todavía estamos intentando recordar algo que ellos ya sabían.
Y durante un momento ninguno dijo nada.
Porque algunas preguntas no necesitan respuesta inmediata.
Algunas preguntas simplemente necesitan un lugar antiguo donde ser formuladas.
Y aquel era uno de esos lugares.
Cuando finalmente emprendieron el camino de regreso, Chaw miró una última vez hacia los dólmenes.
—¿Volveremos?
—Por supuesto.
—¿Para investigar?
—No.
—¿Para descubrir el misterio?
—Tampoco.
Chaw lo miró sorprendida.
—Entonces, ¿para qué?
Zorgu sonrió.
—Para volver a escuchar a las piedras.
Y aquella noche, mientras las primeras estrellas aparecían sobre Antequera, los antiguos monumentos permanecieron en silencio.
Aunque quizá, después de cinco mil años, el silencio de las piedras no fuera realmente silencio.
Quizá fuera simplemente una forma de hablar que nosotros todavía no hemos aprendido a escuchar.
Fotografía: El Castillo de Nat 🌻🐝
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