En el Castillo de Nat hay mañanas en las que el café se enfría, Chaw se levanta con el ala izquierda torcida y Zorgu asegura que ha recibido una señal del espacio exterior. Pero aquella mañana ocurrió algo mucho más extraordinario: llamaron a la puerta del cielo. Y, para sorpresa de todos, quien apareció no fue un mensajero solemne ni un querubín de esos que ponen cara de no haber roto nunca un plato. ¡Apareció un angelito gordito, con mofletes sonrosados, unas alitas diminutas y una barriga que parecía guardar todos los bollos del paraíso!
—¡Buenos días, criaturas terrestres y criaturas que no sabemos muy bien qué sois! —saludó, mirando a Chaw y a Zorgu—. Me llamo Celestino y vengo a contaros las leyendas de las nubes.
Chaw ladeó la cabeza.
—Una pregunta importante, Celestino: ¿las nubes se pueden comer?
—¡Chaw! —protestó Zorgu—. No todo lo que tiene aspecto de algodón es comestible.
—Eso díselo a mi estómago —respondió el dragón.
Celestino soltó una carcajada tan sonora que tres gorriones cambiaron de rama y una nube con forma de conejo se convirtió, por el susto, en algo parecido a una patata.
—Las nubes —explicó el angelito— son páginas de un libro que nadie ha terminado de escribir. Los antiguos decían que algunas guardaban recuerdos, otras anunciaban viajes y unas pocas escondían mensajes para quienes necesitaban un poquito de esperanza.
Zorgu encendió su aparato intergaláctico.
—Interesante. Según mis cálculos, esa nube tiene forma de barco.
—¡Y aquella de dragón! —exclamó Chaw, hinchando el pecho.
—Pues la de allí —dijo Celestino, señalando una nube pequeña y solitaria— tiene forma de corazón.
Los tres se quedaron mirándola en silencio.
El angelito les contó entonces una leyenda muy antigua. Decía que, cuando alguien echaba de menos a una persona querida, el cielo recogía un poquito de ese cariño y lo transformaba en una nube. No era un mensaje mágico que pudiera demostrarse ni una promesa de que los deseos se cumplirían. Era, sencillamente, una manera de recordar que el amor deja huellas incluso cuando no podemos tocar aquello que queremos.
Por primera vez en toda la mañana, Chaw no hizo ninguna broma. Zorgu apagó su aparato. Y Celestino sonrió con ternura.
—¿Y cuál es el secreto más importante de las nubes? —preguntó el extraterrestre.
El angelito se acomodó las alitas, se frotó la barriga y contestó:
—Que cada persona ve algo distinto en ellas. Unos ven dragones; otros, barcos. Hay quien descubre un rostro, una montaña o un animal fantástico. Y hay quien, sencillamente, encuentra un lugar donde descansar la mirada cuando el mundo pesa demasiado.
Chaw miró hacia el Castillo.
—Entonces, Zorgu, hoy no necesitamos viajar a otros planetas.
—¿Por qué?
—Porque tenemos todo un universo encima de nuestras cabezas. Y, además, Celestino parece saber dónde sirven la merienda.
El angelito se echó a reír. Y aquella tarde, desde las ventanas del Castillo de Nat, tres amigos contemplaron cómo el viento cambiaba las formas del cielo.
Desde entonces, cada vez que una nube les parecía extraordinaria, inventaban una historia para ella.
Porque a veces la magia no consiste en encontrar respuestas, sino en conservar las ganas de hacerse preguntas.
Y tú, que estás leyendo estas líneas, dime una cosa: si hoy pudieras elegir una nube para guardar un deseo, ¿qué forma tendría la tuya?
Quizá el cielo esté esperando a que levantes la mirada.
✨ Imagen creada con inteligencia artificial como recurso visual para acompañar este artículo.
🔎 Política de transparencia: En El Castillo de Nat indicamos cuando una imagen ha sido generada o modificada mediante inteligencia artificial (IA). Nuestro objetivo es ofrecer contenidos claros y transparentes a nuestros lectores.
Transparencia: En El Castillo de Nat utilizamos herramientas de inteligencia artificial como apoyo creativo en determinados contenidos. Cada publicación es revisada y editada antes de su publicación, manteniendo siempre la mirada, el criterio y la esencia de este blog.

No hay comentarios:
Publicar un comentario