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16 de octubre de 2026

🎃 Cuentos de calabazas I 🎃

 

En el huerto de El Castillo de Nat había llegado el otoño con todas sus consecuencias: hojas por el suelo, una humedad que se metía hasta en los huesos y un viento que parecía empeñado en llevarse las macetas por delante. Chaw, el dragón guardián de los secretos del Castillo, llevaba toda la mañana protestando porque alguien había dejado la puerta del huerto abierta.

—¡Un día se nos va a escapar hasta la tierra! —gruñó, recolocando una hilera de calabazas.

Zorgu, que estaba sentado sobre una piedra examinando una hoja con su visor intergaláctico, levantó la mirada.

—La tierra no puede escaparse, Chaw. Tiene una masa planetaria considerable.

—Pues dile eso al viento, que esta mañana me ha robado el gorro.

Zorgu decidió que aquella conversación no merecía más energía cerebral y regresó a su investigación. Sin embargo, justo cuando iba a registrar una pequeña anomalía magnética, algo llamó su atención al fondo del huerto.

Había una calabaza distinta a todas las demás.

No era especialmente grande ni tenía una forma extraordinaria. Su piel era de un naranja profundo y estaba cubierta de pequeñas marcas doradas que parecían estrellas. Lo verdaderamente extraño era que emitía una luz suave, como si alguien hubiese escondido dentro una diminuta puesta de sol.

—Chaw, ¿has conectado alguna lámpara a las raíces?

—¡Yo no conecto lámparas a las raíces! ¡Las raíces tienen bastante trabajo con lo suyo!

Zorgu acercó su dispositivo. La pantalla parpadeó tres veces y mostró un mensaje incomprensible.

—Interesante. La calabaza está reaccionando a una energía que no consigo identificar.

—Pues será mejor que no la toques. La última vez que dijiste eso acabamos con tres gallinas levitando y una sopa que cantaba habaneras.

Pero la calabaza comenzó a brillar con más intensidad. Y entonces sucedió algo todavía más extraño: en su superficie apareció una imagen, como un recuerdo proyectado sobre una ventana.

Era la imagen de una niña que corría por un prado, con el pelo alborotado por el viento y una cometa roja entre las manos. Reía mientras intentaba hacerla volar.

—¿Quién es? —preguntó Chaw, esta vez sin bromear.

La imagen desapareció lentamente.

Zorgu consultó los antiguos registros del Castillo y encontró una anotación escrita muchos años atrás. Hablaba de una calabaza mágica que despertaba cuando alguien recordaba un sueño que había abandonado.

—Parece que guarda deseos olvidados —explicó—. Sueños que las personas dejaron atrás porque crecieron, tuvieron miedo o pensaron que ya no estaban a tiempo.

Chaw se quedó mirando la calabaza. Él también había tenido un sueño: cuando era un dragón joven, había querido conocer todas las estrellas del firmamento. Pero después de convertirse en guardián del Castillo, se convenció de que su lugar estaba siempre junto a sus murallas.

—¿Crees que todavía podría hacerlo? —preguntó en voz baja.

Zorgu lo miró con ternura.

—¿Viajar a las estrellas? Por supuesto. Solo necesitamos una nave, combustible, un sistema de navegación y convencer a Nat de que no hemos perdido completamente la cabeza.

La calabaza brilló tanto que iluminó el huerto entero. Sobre su piel apareció una nueva imagen: Chaw volando entre constelaciones, con Zorgu agarrado a su espalda y gritando instrucciones que nadie entendía.

—¡Yo no pienso viajar sin cinturón de seguridad! —protestó el extraterrestre.

Chaw soltó una carcajada. Hacía mucho tiempo que no se permitía imaginar algo tan grande.

La luz de la calabaza fue apagándose poco a poco, hasta quedar convertida en una pequeña chispa dorada.

Aquella noche, los dos amigos la colocaron junto a una ventana del Castillo. No concedía deseos como los genios de los cuentos, ni transformaba la realidad con un simple destello. Su magia era mucho más sencilla: recordaba a quienes la contemplaban que algunos sueños no desaparecen, sino que esperan pacientemente a que alguien vuelva a creer en ellos.

Y desde entonces, cuando alguien llegaba al Castillo convencido de que ya era demasiado tarde para empezar algo nuevo, Chaw señalaba la calabaza.

—Mírala bien. Si hasta una hortaliza cree en las segundas oportunidades, no vas a ser tú quien se quede atrás.

Zorgu asentía solemnemente.

—Aunque sigo recomendando revisar primero la viabilidad del proyecto.

Y así, entre la sabiduría de una calabaza y las recomendaciones de un extraterrestre demasiado prudente, el Castillo recuperó uno de sus secretos más valiosos: nunca es demasiado tarde para volver a soñar.


✨ Imagen creada con inteligencia artificial como recurso visual para acompañar este artículo.

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