Zorgu y Chaw y la puerta que no debería existir
Hay noches en las que el Castillo de Nat duerme.
Y luego están las otras.
Las noches en las que las piedras crujen sin que haga frío, los libros cambian de sitio y las plantas del Herbario parecen saber cosas que nadie les ha contado.
Aquella noche era de las segundas.
Yo estaba tranquilamente tomando mi café cuando escuché un ruido.
Toc.
Pausa.
Toc, toc.
Levanté la cabeza.
—¿Habéis oído eso?
Desde el otro lado de la sala llegó la voz de Zorgu:
—Sí.
Y después, desde algún lugar detrás de la biblioteca, escuché a Chaw:
—Yo no he sido.
—Nadie ha dicho que hayas sido tú.
—Ya. Pero me parecía importante dejarlo claro.
Me levanté y fui hacia el Herbario.
Y allí estaba.
Una puerta.
Una puerta que yo estaba completamente segura de que el día anterior no existía.
Era de madera oscura, bastante antigua, con unas pequeñas vetas plateadas que parecían moverse cuando las mirabas demasiado tiempo.
No tenía pomo.
No tenía cerradura.
Ni siquiera tenía bisagras.
Solo tenía una inscripción grabada en la parte superior.
Me acerqué.
—“Solo se abre cuando alguien deja de buscarla”.
Zorgu apareció a mi lado.
Se quedó mirando la puerta.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Por una vez estamos de acuerdo —dijo Chaw.
Zorgu lo miró.
—¿Por una vez?
—No quería que te acostumbraras.
Me acerqué a la puerta y la toqué.
Desapareció.
Así, sin más.
—¡Eh!
Miramos alrededor.
Nada.
La puerta había desaparecido.
—Bueno —dijo Chaw—. Problema solucionado.
Entonces escuchamos:
Toc. Toc. Toc.
Nos giramos.
La puerta estaba ahora detrás de nosotros.
—Vale —dije—. Eso no es normal.
—En este Castillo, eso no significa absolutamente nada —respondió Zorgu.
Intentamos abrirla.
Nada.
La empujamos.
Nada.
Chaw incluso intentó darle un pequeño golpe con la cabeza.
—¡Chaw!
—Era una técnica ancestral de apertura.
—Te has hecho daño.
—La puerta también.
La puerta volvió a desaparecer.
Y apareció en la biblioteca.
Después en la cocina.
Después en el pasillo.
Y finalmente…
en la habitación de Zorgu.
Aquello sí que nos preocupó.
Porque Zorgu no tenía habitación.
Al menos, no una habitación que nosotros hubiéramos visto nunca.
—Esto empieza a ponerse interesante —dijo Chaw.
—No.
—¿No?
—No. Cuando tú dices que algo empieza a ponerse interesante, normalmente termina explotando.
Chaw pareció pensárselo.
—Es una posibilidad.
Nos acercamos a la puerta una vez más.
Y entonces apareció una nueva inscripción.
Esta vez no estaba escrita con letras.
Era una frase que parecía dibujarse sola sobre la madera.
“Di una verdad.”
Nos miramos.
—¿Una verdad? —pregunté.
Zorgu se quedó completamente serio.
—Eso no me gusta.
—A mí tampoco —dije.
Chaw carraspeó.
—Yo puedo empezar.
Nos sorprendimos.
—¿Tú?
—Sí.
Se sentó en el suelo.
Miró la puerta.
Y dijo:
—Tengo miedo.
Nadie respondió.
Chaw continuó:
—Tengo miedo de que algún día este Castillo deje de necesitarnos.
El silencio que siguió fue extraño.
Incluso las plantas del Herbario parecieron quedarse quietas.
La puerta emitió un pequeño resplandor.
Pero no se abrió.
Zorgu bajó la mirada.
—Entonces supongo que me toca a mí.
Se acercó.
—Tengo miedo de que mi nave vuelva algún día.
Lo miré.
—¿Y por qué te da miedo?
Zorgu tardó unos segundos en contestar.
—Porque quizá tenga que elegir.
La puerta volvió a iluminarse.
Pero tampoco se abrió.
Los dos me miraron.
Chaw arqueó una ceja.
—Ahora tú.
—¿Yo?
—La puerta es muy insistente.
Respiré hondo.
Miré aquella puerta imposible.
Y dije:
—Tengo miedo de que algunas cosas que quiero conservar cambien aunque yo no quiera.
La madera comenzó a vibrar.
Primero suavemente.
Después con más fuerza.
Las pequeñas vetas plateadas empezaron a brillar.
Y entonces escuchamos un sonido.
Clic.
La puerta se abrió.
Pero detrás no había una habitación.
Había un camino.
Un camino de piedra que descendía hacia una especie de bosque iluminado por pequeñas luces azules.
No había luna.
No había estrellas.
Solo aquella luz.
Zorgu dio un paso adelante.
Chaw se acercó.
—¿Vamos?
Zorgu miró el camino.
—No sé qué hay ahí.
—Precisamente.
Chaw sonrió.
Yo suspiré.
Porque ya sabía lo que iba a pasar.
Los tres cruzamos la puerta.
Y en cuanto el último de nosotros puso un pie al otro lado…
la puerta desapareció.
Nos quedamos completamente quietos.
Chaw miró hacia atrás.
—¿La puerta acaba de desaparecer?
—Sí.
—¿Y cómo volvemos?
Zorgu levantó la mirada.
Muy despacio.
—Creo que esa es la pregunta equivocada.
—¿Cuál sería la correcta?
Zorgu señaló el camino.
Al fondo, entre los árboles, acababa de aparecer una luz.
Y dentro de aquella luz había algo que parecía…
una torre.
Una torre idéntica a la del Castillo de Nat.
Pero mucho más antigua.
Y entonces escuchamos una voz.
Una voz que no venía de ningún sitio.
Una voz que parecía salir de las propias piedras.
—Bienvenidos al lugar donde el Castillo guarda aquello que vosotros habéis olvidado.
Chaw tragó saliva.
Zorgu me miró.
Y yo pensé una sola cosa:
¿Qué demonios habíamos olvidado?
Y entonces, desde lo alto de aquella torre, sonó una campana.
Una.
Dos.
Tres veces.
Y con la tercera campanada…
todas las luces azules del bosque se apagaron.
Nos quedamos a oscuras.
Hasta que una última luz apareció delante de nosotros.
Y dentro de ella vimos algo imposible.
A nosotros mismos.
Pero mucho más mayores.
Y uno de ellos…
no estaba allí.
Continuará…
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