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24 de septiembre de 2026

Chaw y Zorgu descubren los sabores del otoño

 

🍂 Chaw y Zorgu descubren los sabores del otoño

En el Castillo de Nat, el otoño no llega solamente con hojas que caen, tardes más cortas y ese fresquito que hace que uno empiece a mirar la manta del sofá con otros ojos.

No.

En el Castillo, cuando llega el otoño, también llega una auténtica revolución al Herbario.

Porque aparecen frutas, verduras, colores, olores… y, por supuesto, Chaw y Zorgu.

Aquella mañana, Zorgu apareció flotando por encima de la mesa de la cocina con su habitual expresión de absoluta curiosidad.

—Nat, he detectado una alteración cromática importante en los alimentos de esta habitación.

Chaw, que estaba sentado encima de una cesta de mimbre, levantó una ceja.

—Eso se llama otoño, Zorgu.

—¿El otoño modifica los alimentos?

—No exactamente. Pero hace que aparezcan algunos que durante el resto del año no vemos tanto.

Zorgu descendió lentamente hasta quedar frente a una enorme calabaza.

—¿Y eso qué es?

Chaw sonrió.

—Eso, amigo mío, es una calabaza.

Zorgu la observó con atención.

—¿Es una fruta?

Chaw se quedó callado unos segundos.

—Sí.

—¿Una fruta?

—Sí.

—¿Y por qué parece una pelota gigante?

—Porque la naturaleza tiene sentido del humor.

Zorgu pareció considerar aquella explicación perfectamente razonable.

El otoño trae consigo muchas frutas que son auténticas protagonistas de la temporada. Una de ellas es la manzana, que podemos encontrar en muchísimas variedades y que se presta a comerla tal cual, en compota, asada o formando parte de un buen postre.

—Las manzanas me gustan —dijo Zorgu.

—¿Las has probado?

—No.

—Entonces no puedes decir que te gustan.

—En mi planeta podemos anticipar las preferencias mediante análisis molecular.

Chaw resopló.

—Pues aquí, antes de hacer análisis molecular, le pegas un mordisco.

Y siguieron con la cesta.

Allí estaban las peras, dulces y jugosas, perfectas para comer solas o cocinar.

También aparecían los higos, que aunque anuncian el final del verano y se prolongan hacia el comienzo del otoño, son uno de esos pequeños tesoros que parecen hechos para despedir la temporada de calor.

Y entonces Zorgu descubrió algo que le llamó especialmente la atención.

—¿Qué son esas cosas marrones?

Chaw se puso solemne.

—Las castañas.

—¿Se comen así?

—No. Hay que cocinarlas.

—¿Y por qué?

—Porque si las comes crudas…

Chaw hizo una pausa dramática.

—…Nat te echará la bronca.

Zorgu retrocedió inmediatamente.

—Comprendido.

Las castañas son uno de los grandes símbolos gastronómicos del otoño. Asadas, cocidas o utilizadas en diferentes recetas, forman parte de muchas tradiciones de esta época.

Pero no todo eran frutas.

En otra mesa esperaba una auténtica colección de colores.

Había calabaza, boniato, puerros, coles, espinacas, acelgas, zanahorias y muchas otras verduras propias de los meses más frescos.

—Esto parece una paleta de pintura —dijo Zorgu.

—Pues fíjate bien —respondió Chaw—. El otoño tiene una paleta preciosa.

Naranjas, verdes, morados, blancos, amarillos…

Y la calabaza volvía a ser protagonista.

—¿Sabes una cosa? —dijo Chaw—. La calabaza sirve para muchísimo más que para decorar en Halloween.

—¿También se puede comer?

—¡Claro!

Crema de calabaza, purés, guisos, asada, al horno… incluso en dulces.

Zorgu miró a Chaw con cierta decepción.

—Entonces los humanos convertís una decoración en comida.

—A veces.

—Interesante especie.

Chaw decidió no responder.

Después llegó el turno del boniato, que comparte con la calabaza ese carácter dulce y reconfortante que tan bien encaja con los días fríos.

Y mientras iban colocando las verduras, Chaw explicó que una de las cosas bonitas de comer alimentos de temporada es que cada estación tiene sus propios protagonistas.

No se trata solamente de llenar la cesta de la compra.

También es una forma de seguir el ritmo de la naturaleza.

En primavera aparecen unos alimentos, en verano otros, y cuando llega el otoño cambian los colores, los sabores y también nuestras ganas de preparar platos más calentitos.

Zorgu miró por la ventana.

Fuera, algunas hojas empezaban a caer.

—Entonces el otoño también se puede comer.

Chaw sonrió.

—Exactamente.

—¿Y sabe a qué?

Chaw pensó un momento.

—A tierra mojada, a castañas asadas, a manzanas, a calabaza, a una crema caliente cuando llegas a casa con frío…

Zorgu sonrió.

—Y a café.

—Eso no es una fruta ni una verdura.

—No he dicho que lo fuera.

Chaw lo miró.

—Estás aprendiendo rápido.

Desde ese momento, los dos decidieron inaugurar oficialmente la Cesta de Otoño del Castillo.

Y allí fueron colocando todo aquello que la temporada iba regalando: frutas, verduras, castañas y algún que otro ingrediente más.

Porque quizá una de las mejores cosas del otoño sea precisamente esa.

Que mientras fuera cambia el paisaje, dentro de la cocina también cambia el mundo.

Los colores se vuelven más cálidos, aparecen nuevos sabores y recuperamos recetas que saben a casa.

Y, como siempre, Chaw tenía la última palabra.

—Zorgu.

—¿Sí?

—¿Sabes qué es lo mejor de las frutas y verduras de otoño?

—Su composición nutricional.

Chaw negó con la cabeza.

—No.

—¿Su variedad?

—Tampoco.

—¿Su disponibilidad estacional?

—¡No!

Zorgu se quedó pensativo.

Chaw cogió una castaña y sonrió.

—Que tenemos una excusa perfecta para meternos en la cocina.

Y desde aquel día, cada vez que llegaba el otoño al Castillo, Chaw y Zorgu preparaban su cesta de temporada.

Bueno…

Chaw preparaba la cesta.

Y Zorgu hacía el control de calidad.

Que, según él, era una tarea científica.

Según Chaw, era simplemente comerse la mitad de las castañas antes de que llegaran a la mesa.

Y en el Castillo, como casi siempre, nadie consiguió demostrar lo contrario.


✨ Imagen creada con inteligencia artificial como recurso visual para acompañar este artículo.

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