Zorgu y Chaw en la Galia: El misterio del acueducto gigante que no llevaba agua
Zorgu y Chaw en la Galia: El misterio del acueducto gigante que no llevaba agua
¡Saludos, terrícolas y guardianes del Castillo de Nat!
Habla Zorgu, vuestro ufólogo intergaláctico favorito, transmitiendo desde una de las zonas más sorprendentes de vuestro planeta. Tras nuestras peripecias místicas en Delfos, donde el Oráculo nos lanzó unas profecías un tanto confusas sobre el futuro de vuestro blog (y sobre Chaw comiéndose cables), decidimos que necesitábamos un cambio de aires. Y por cambio de aires me refiero a viajar a un lugar donde el agua fuera la protagonista, no los humos sagrados.
Así que programé el platillo para el sur de Francia, concretamente a una zona cerca de Nîmes. Tras sobrevolar extensiones infinitas de lavanda y viñedos, nuestros sensores se volvieron locos. ¡Habíamos encontrado una megaestructura!
Un aterrizaje entre olivos y un shock romano
Aterrizamos el platillo con suavidad en un campo de olivos milenarios. Chaw, el pequeño dragón rojo, ya estaba inquieto. Llevaba horas rascándose las escamas contra la consola de navegación, deseando estirar las alas y probar el agua de un río que había olido desde la exosfera. Yo, por mi parte, estaba impaciente por calibrar mi nuevo escáner de frecuencias cuánticas en una construcción de la Antigüedad.
Nos pusimos en marcha y, al cruzar una colina, ahí estaba. El Pont du Gard.
No sabéis el impacto que me causó. Chaw se quedó petrificado, con la cola tiesa, y yo, que tengo cuatro manos, no sabía con cuál empezar a ajustarme las antenas. ¡Es sencillamente colosal! Tres niveles de arcos de piedra superpuestos, cruzando el valle del río Gardon con una elegancia que ni los mejores ingenieros de mi planeta natal, Xylos, habrían imaginado. Y lo más asombroso: todo construido sin una sola gota de cemento.
Chaw y su fijación con el agua (y los peces)
Chaw no pudo contenerse. Rompió el campo de contención magnético de su correa bioluminiscente (la misma que veis en la foto, que brilla en verde neón) y salió pitando hacia la orilla del río. Yo me quedé analizando la piedra caliza con mi escáner. Mi analizador de datación isométrica no mentía: ¡aquellas piedras llevaban allí casi dos mil años! Me resultaba increíble pensar en los miles de legionarios y trabajadores terrícolas que habían tallado y colocado cada bloque, cada uno con una precisión milimétrica.
Mientras tanto, Chaw estaba en su salsa. Estaba intentando pescar, pero no a la manera tradicional. Su técnica consistía en sumergir la cabeza en el agua, abrir la boca y esperar a que un pez entrara. Lo único que conseguía era tragarse un montón de agua y escupir chorritos de vapor que asustaban a las ranas locales. «¡Chaw, compórtate!», le grité, pero él ya había descubierto algo más interesante: ¡un grupo de turistas!
Por suerte, los humanos no se asustaron. Pensaron que era un tipo de mascota muy exótica y bien entrenada. Una niña pequeña hasta intentó darle una gominola de menta. Chaw, que es un goloso dimensional, se la comió de un bocado y empezó a soltar chispas de colores, lo que desató los aplausos de la gente. He de decir que, aunque es un desastre, a veces es un gran embajador espacial.
El misterio del agua que se perdió en el tiempo
Lo que más me intrigaba del Pont du Gard no era su altura ni su belleza, sino su función. Mi escáner detectó rastros de sedimentos minerales en el canal superior, el más alto. ¡El agua fluía por allí arriba! Me costaba procesarlo. No había bombas, ni electricidad, solo la gravedad y una inclinación tan sutil que rozaba la perfección. Me subí al nivel superior para verlo con mis propios ojos.
La Pitonisa de Delfos me había dicho que el Castillo de Nat era un castillo de palabras y ondas de radio. Me di cuenta de que el Pont du Gard era algo parecido: un canal de agua que unía civilizaciones. Pero, ¿por qué ya no fluía el agua? Mis lecturas detectaron que, con el paso de los siglos, el canal se había obstruido por depósitos de cal y la estructura se había deteriorado.
Me imaginé a los romanos de Nîmes, impacientes por llenar sus fuentes y baños termales, y me dio un poco de pena pensar que esta maravilla ya no servía para su propósito original. Pero, como me enseñó Chaw, a veces las cosas cambian para mejor. Ahora, el Pont du Gard ya no transporta agua, sino que transporta historias, sueños y visitantes de todas las partes del mundo (y de la galaxia).
Una despedida con sabor a lavanda
Ya con el sol poniéndose, tiñendo la piedra de un dorado espectacular, Chaw y yo nos sentamos a la orilla del Gardon. El pequeño dragón estaba agotado, con la barriga llena de gominolas terrícolas, y yo, con mi escáner lleno de datos. Habíamos aprendido que la ingeniería terrícola, a pesar de sus limitaciones técnicas, es capaz de crear obras que desafían el tiempo.
Nos despedimos del Pont du Gard, dejando una pequeña ofrenda (una moneda de aleación de titanio que brilla en la oscuridad para los arqueólogos del futuro, como siempre), y nos subimos al platillo. Chaw ya está roncando, y yo estoy programando el siguiente salto en el mapa estelar. ¿Qué misterio nos esperará en la próxima parada, terrícolas? ¡Hasta la vista!
Imagen generada por IA

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