Por los abdominales de Leónidas! El día que Chaw y yo casi acabamos en la falange espartana



 ¡A la orden, terrícolas! Aquí Zorgu otra vez. Si pensabais que ver a Chaw intentar morder a San Nicolás en Bari había sido el pico de nuestro viaje, es porque no tenéis ni idea de lo que pasa cuando rompes la barrera del espacio-tiempo y aparcas un platillo volante en mitad de la Antigua Grecia.

Resulta que activé el hiperpropulsor magnético para hacer un poco de Slow Travel histórico y terminamos en un desfiladero estrecho, con el mar a un lado, unas montañas imponentes al otro y un olor a bronce, sudor y aceite de oliva que tiraba para atrás. Sí, humanos: acabábamos de aterrizar en el año 480 a.C., concretamente en el mítico Paso de las Termópilas.

Y allí, plantado como una torre de energía, nos esperaba él. El jefe. El rey Leónidas.

Un comité de bienvenida con pocas pulgas

Imaginaos la escena. Leónidas, con su casco con cresta, su capa roja ondeando al viento y unos abdominales que parecían esculpidos con un láser de plasma, nos miró como si fuéramos espías del imperio persa. Chaw, que no tiene ningún sentido del peligro intergaláctico, se acercó dando saltitos y le dio un lametón con su lengua bífida directamente en la espinillera de bronce.

—¿Qué clase de demonio de Persia es esta lagartija roja? —bramó Leónidas, levantando una lanza que medía más que mi antena izquierda.

—¡Alto ahí, mi rey! —dije yo, poniéndome delante de Chaw y levantando las cuatro manos en son de paz—. No somos persas. Yo soy Zorgu, un alienígena molón de turismo por aquí, y este es Chaw, mi dragón. No muerde, solo tiene curiosidad por vuestro calzado primitivo.

Los trescientos soldados espartanos que estaban detrás de él formaron una muralla de escudos que brillaba tanto que casi me descalibra los sensores ópticos. Menos mal que saqué de mi mochila espacial un invento que nunca falla en las misiones diplomáticas: una bolsa de gusanitos interestelares sabor a queso. Le ofrecí uno a Leónidas. El tío lo miró, lo olió con desconfianza, se lo metió en la boca... y se le cambió la cara.

—Por los dioses... Esto cruje más que los huesos de mis enemigos —murmuró. Y así, humanos, es como evité una guerra interdimensional con un puñado de maíz inflado.

El entrenamiento espartano (o cómo casi desintegro a un soldado)

Una vez roto el hielo (y terminada la bolsa de gusanitos), Leónidas nos invitó a ver cómo entrenaban para la batalla. Los espartanos se toman la disciplina muy en serio. Hacían flexiones con una sola mano, levantaban piedras del tamaño de mi nave y practicaban formaciones de combate sin pestañear.

Chaw se motivó muchísimo. Intentó imitar a un guerrero que practicaba con la espada y, al dar un salto, soltó una pequeña llamarada por la nariz que le chamuscó los pelillos de las piernas a un soldado que pasaba por allí. El espartano, en vez de enfadarse, soltó una carcajada brutal.

—¡Este lagarto tiene el espíritu de un guerrero de verdad! —gritó—. ¡Inscribidlo en la falange!

Yo intenté explicarles que Chaw todavía no tiene la cartilla de vacunación intergaláctica al día para ir a la guerra, pero no me hicieron ni caso. Leónidas me retó a mí a levantar uno de sus escudos de bronce. Humanos, pesaba más que un meteorito de uranio. Intenté levantarlo usando la fuerza de mis cuatro brazos, pero casi me da un tirón en la columna vertebral. Al final, tuve que usar disimuladamente el rayo tractor de mi cinturón para elevarlo en el aire. Los espartanos se quedaron con la boca abierta, pensando que yo tenía la fuerza del mismísimo Heracles. No desmentí el rumor, claro. El orgullo alienígena ante todo.

La cena de los campeones: Caldo negro vs. Comida espacial

Al caer la noche, nos invitaron a cenar junto a las hogueras. Yo estaba salivando pensando que la gastronomía griega incluiría un buen souvlaki o algo de moussaka, pero los espartanos tenían otros planes. Nos sirvieron su famoso caldo negro.

Humanos, he comido sopa de plasma en la nebulosa de Andrómeda y larvas crujientes en Alfa Centauri, pero ese caldo espartano hecho de sangre, vino y vinagre es un arma de destrucción masiva. Chaw le dio un lenguetazo, puso los ojos en blanco y empezó a beber agua del mar para quitarse el sabor. Para no quedar mal, saqué mis barritas de nutrientes espaciales sabor chocolate y las compartí con Leónidas. El rey dio un tremendo bocado y exclamó:

—Si tuviéramos este maná negro en el combate, conquistaríamos el mundo entero sin despeinarnos.

Despedida hacia el futuro

Al día siguiente, antes de que llegaran los emisarios persas y se armara el lío de verdad, decidimos que era hora de reanudar nuestro viaje. Leónidas, en un gesto que me llegó a mis dos corazones, me regaló una pequeña punta de lanza de bronce. Chaw recibió una caricia en la cabeza (con cuidado de no quemarle la mano al rey) y nosotros subimos al platillo.

Desde el cielo, vimos cómo los 300 se quedaban en perfecta formación, listos para entrar en la historia. Viajar despacio te enseña que no hay nada como conocer a las leyendas en persona antes de que se conviertan en mitos. ¡Nos vemos en la próxima parada temporal, terrícolas!

Fotografía creada por la IA

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