Un Extraterrestre en las Colinas de la Bruja buscando una cripta
Un Extraterrestre en las Colinas de la Bruja
¡Hola, humano de la Tierra! Aquí Zorgu con las antenas sintonizadas en modo escalofrío. Mis sensores cuánticos están acostumbrados a las tormentas de plasma de la nebulosa de Orión y a los agujeros negros supermasivos, pero lo que viví en este punto azul vuestro, específicamente en un lugar llamado Loughcrew, me dejó el fluido biológico completamente congelado.
Llegué pilotando mi nave invisible sobre las colinas que vosotros llamáis Slieve na Calliaghe (la Montaña de la Bruja). Desde arriba, vuestro planeta parece pacífico, pero mis escáneres detectaron una anomalía energética brutal concentrada bajo el Cairn T. La densa niebla irlandesa cubría el césped húmedo, y la estructura cónica del túmulo neolítico parecía un faro apuntando hacia las estrellas oscuras.
Al bajar a ras de suelo, encontré un semicírculo de lajas de piedra caliza cubiertas de musgo amarillo y verde. Eran vuestras famosas estructuras megalíticas. Mi traductor universal decodificó los petroglifos grabados en la roca: espirales, círculos radiados... mapas estelares de hace 5.000 años. Pero entre aquellos símbolos pacíficos de agricultores del Neolítico, mi sensor de infrarrojos captó una firma térmica anacrónica. Algo palpitaba bajo la hierba. Algo que no pertenecía al mundo de los vivos, pero que se negaba a formar parte del de los muertos.
Siguiendo el rastro de la anomalía, mis ojos se fijaron en una grieta oculta tras la ladera del túmulo principal. No era una entrada neolítica. Al descender por unos peldaños de piedra labrada, la arquitectura cambió drásticamente: ya no eran toscos bloques prehistóricos, sino muros de sillería gótica, fríos, simétricos y grises.
Allí abajo, sumida en una oscuridad sepulcral que ni mi visión nocturna lograba penetrar bien, encontré una verja de hierro forjado negro. Tenía puntas de lanza afiladas y un diseño de filigrana gótica con una cruz en el centro, idéntica a la que guardas en tus archivos fotográficos terrenales. Detrás de la verja, empotrada en el muro de piedra, se alzaba una losa sellada.
El ambiente apestaba a ozono, tierra húmeda y a algo que mis sistemas químicos identificaron de inmediato: sangre vieja y estancada. Al acercar mis dedos alienígenas al hierro, una descarga de energía psíquica asaltó mi procesador central. No era una tumba cualquiera. Era una prisión de máxima seguridad espiritual.
En el suelo de la cripta, medio enterrado bajo las hojas secas y el polvo de los siglos, encontré un cuaderno de cuero ajado. Al escanear sus páginas, descubrí que pertenecía a un humano de vuestro siglo XIX llamado Bram Stoker. Las anotaciones, escritas con una caligrafía temblorosa, revelaban un secreto que vuestra historia oficial ha distorsionado.
"Mis contemporáneos creen que busco inspiración en el este de Europa, en las crónicas de Vlad Tepes y las brumas de Transilvania..." —decía el manuscrito de Stoker—. "Qué necios. El verdadero horror no viste capas extranjeras; camina sobre la hierba de mi propia patria. Los rumanos lo llaman vampiro, pero en la lengua de mis ancestros se conoce como el Neamh-Mhairbh, el no-muerto. Y su rey está atrapado aquí."
Stoker había documentado en esas páginas la aterradora crónica del Abhartach, un antiguo caudillo del siglo V del norte de la isla. El Abhartach no era un hombre común: era un ser menudo, un mago oscuro versado en las artes prohibidas de la nigromancia celta. En vida, aterrorizó a sus súbditos sediento de poder, pero su muerte no trajo la paz. Al día siguiente de ser enterrado, regresó de la tumba, con el rostro demacrado y los colmillos afilados, exigiendo que sus vasallos se cortaran las muñecas para llenar un cuenco con su sangre fresca.
El manuscrito continuaba explicando cómo el jefe guerrero Cathán, desesperado, lo asesinó hasta en tres ocasiones consecutivas. Pero el monstruo siempre emergía de la tierra al amanecer. Solo tras consultar a un santo eremita, Cathán descubrió la única contención posible: atravesar el corazón del Abhartach con una espada hecha de madera de tejón, enterrarlo boca abajo para desorientar su espíritu, cubrir la fosa con ramas de espino negro y colocar una inmensa losa de piedra encima.
Pero la investigación de Stoker iba más allá, conectando al no-muerto con la mismísima mitología de Irlanda. El Abhartach no operaba solo; había profanado las colinas de Slieve na Calliaghe.
Según las notas del escritor y los mitos grabados en las paredes de la cripta, este ser maldito había realizado un pacto de sangre con An Chailleach, la Bruja ancestral, la antigua diosa del invierno y la destrucción. Ella le había otorgado el secreto de la inmortalidad a cambio de que mantuviera la tierra regada con el fluido vital de los mortales. El Abhartach se había alimentado incluso de los guerreros caídos de los Tuatha Dé Danann, la raza de dioses mágicos divinos que poblaron Irlanda antes de la llegada de los hombres. Cuando los Tuatha Dé Danann se retiraron al Sidhe (el inframundo), dejaron sellado al monstruo utilizando la geometría sagrada del Cairn T, alineando la entrada para que el sol del equinoccio mantuviera el sello purificado.
Sin embargo, los siglos pasaron. En la época victoriana, una sociedad secreta construyó la cripta gótica y la verja de hierro sobre la tumba original, intentando canalizar el poder del Abhartach. Y al hacerlo, bloquearon la luz solar purificadora.
Mientras terminaba de procesar los datos de Stoker, la temperatura de la cripta bajó estrepitosamente. Las luces de mi traje espacial empezaron a parpadear en rojo.
Aviso: Presencia biológica hostil detectada.
Detrás de la verja de hierro, la losa de piedra comenzó a agrietarse. Un sonido de arañazos metálicos resonó en el interior del muro. Las puntas de la verja vibraban con un lamento sordo, el mismo llanto de la Banshee que anuncia la muerte en vuestras leyendas. Una densa bruma negra, cargada de un magnetismo que paralizaba mis circuitos, empezó a filtrarse por los barrotes.
A través de la reja, vi dos ojos de un rojo incandescente, fijos en mi figura alienígena. No era un vampiro de película de Hollywood; era una fuerza elemental, antigua, hambrienta y puramente irlandesa. El Abhartach estaba estirando sus garras invisibles hacia el mecanismo de la verja.
¡No me lo pensé dos veces! Activé los propulsores de mis botas a máxima potencia, salí disparado por los escalones de piedra y escapé hacia la superficie de Loughcrew, dejando atrás la verja gótica y el manuscrito. Volé hacia el espacio exterior convencido de una cosa: vuestro planeta tiene misterios que la ciencia intergaláctica no puede explicar.
Si alguna vez visitas Loughcrew y pasas junto a la Silla de la Bruja, humano, no mires hacia las grietas de la tierra. Porque Bram Stoker tenía razón: el primer conde sangriento no era de Transilvania... y sigue esperando detrás de los barrotes de Meath.
Espero que este cuento inventado haya sido de vuestro agrado. Saludos y gracias de parte de Zorgu.
Fotografía Natalia Fernández.

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