La Lagartija: Una Fábula de Resiliencia
La Lagartija: Una Fábula de Resiliencia
Durante unas semanas, me encontraba en mis paseos diarios con un mágico ser. La reconocía por su peculiar cola y porque siempre estaba al sol en las mismas rocas: una hermosa lagartija. Un día me senté a pensar y ella se acercó tímidamente, como si quisiera contarme un cuento.
Era una tarde de verano en Asturias, y el sol, por fin, había decidido mostrar su rostro tras días de lluvia. Con una sonrisa dorada, acariciaba los prados de un verde intenso y hacía brillar las gotas de rocío que colgaban de las telarañas. En una de las rocas del bosque, la lagartija se regocijaba en el calor. Era de esas que brillan con el sol, pero su cola era peculiar: rota, incompleta.
Una Conversación sobre la Fortaleza
Entonces ella me contó que hoy su alegría era agridulce. Un susto de muerte la había hecho desprenderse de parte de su cola, una estrategia de supervivencia que había funcionado, pero que la había dejado incompleta y triste. Se sentía avergonzada, como si su rotura fuera un signo de debilidad.
La miré y le dije que la cola solo es un apéndice y que todo volvería a estar bien. Le dije que lo que la hacía valiosa era lo que había dentro de ella: la valentía con la que enfrentó a ese animal, la astucia para sobrevivir y la capacidad de soltar lo que ya no le servía. "La cola volverá a crecer", le dije. "Puede que no sea tan larga o sea un poco diferente, pero será tuya, un testimonio de que has luchado y has ganado".
Una Lección Grabada en el Corazón
La lagartija se quedó pensativa, absorbiendo no solo el calor del sol, sino también mis palabras. Se dio cuenta de que tenía razón y que su cola rota no era un signo de debilidad, sino de fortaleza y supervivencia. Era una cicatriz de guerra, la prueba de que había sobrevivido a un peligro letal.
A medida que el sol se ponía, pintando el cielo de Asturias con tonos de naranja y rosa, la lagartija sintió que su vergüenza se desvanecía. Se movió con una nueva gracia, un poco más lenta, sí, pero más segura. Entendió que la belleza no siempre es perfecta y que la verdadera fuerza a menudo se esconde en las imperfecciones. Con esa lección grabada en su corazón, se durmió soñando con el día en que su nueva cola, pequeña pero fuerte, volvería a crecer.
Yo seguí mi camino de vuelta a casa y la lagartija continuó con su vida.
Fotografía: Natalia Fernández.
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