El Ojo de la Tormenta
El Ojo de la Tormenta
Bajo el velo opaco y misterioso de una noche de verano en mi pueblo, donde el aire, denso y cargado, presagiaba la furia de la tormenta, un ojo inquietante se abrió en el cielo. No era un ojo de carne y hueso, sino una grieta en el lienzo sombrío de las nubes, un punto de quietud en el vórtice de la oscuridad. La gente del pueblo dormía, ajena a este vigía celestial. Las farolas titilaban, sus luces apenas perforaban la densa niebla que ascendía desde el suelo húmedo. Las calles, desiertas, eran testigos del silencio que solo una tormenta inminente podía traer.
El ojo era de un color azul iridiscente, como el nácar de una ostra, o el reflejo de la luna en un lago cubierto de ceniza. No parpadeaba, pero en su profundidad se arremolinaban pequeñas galaxias de luz tenue, destellos que parecían contener los sueños olvidados de la humanidad. No era un ojo que juzgara, sino uno que simplemente era. Su presencia era un eco silencioso, una nota grave en la sinfonía de la noche. Los primeros truenos comenzaron a retumbar, lejanos al principio, como un gigante despertando de un largo sueño. El ojo no se inmutó. Las nubes a su alrededor se agitaban con una furia creciente, chocando y entrelazándose como serpientes colosales.
El Alma de la Tormenta
Relámpagos zigzagueaban a lo lejos, iluminando fugazmente la silueta de las montañas, pero la luz nunca llegó a tocar el ojo. Permanecía en su burbuja de atemporalidad. Una ráfaga de viento helado barrió las calles, susurrando secretos antiguos entre los edificios. Las primeras gotas de lluvia, grandes y pesadas, comenzaron a golpear el asfalto. La tormenta estaba llegando, implacable y majestuosa, pero el ojo permanecía.
Era un recordatorio silencioso de que, incluso en la oscuridad más profunda, en el corazón de la tormenta más salvaje, siempre hay un punto de calma. Tal vez era la mirada de un dios ancestral, la manifestación de la propia conciencia de la tormenta, o un capricho efímero del cielo.
A medida que la lluvia se intensificaba, el ojo comenzó a desvanecerse. No se cerró, sino que se disolvió lentamente, como un recuerdo desdibujándose. Sus galaxias internas se atenuaron, el gris nacarado se fundió con el negro de la noche, hasta que solo quedó el lienzo implacable de la tormenta.
Cuando amaneció, el cielo estaba lavado y claro, con un azul profundo y brillante que prometía un nuevo día. La tormenta había pasado, llevándose consigo su furia y su misterioso ojo. Solo quedaba el aroma a tierra mojada y la sensación de renovación en el aire, como si el cielo hubiera llorado para purificarse. Y en algún lugar, en el corazón de esa noche, un ojo silencioso había atestiguado la majestuosidad de la tormenta, un secreto guardado entre las nubes y el vasto firmamento.
Fotografía: Natalia Fernández.
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