Donde el Miño se rinde al Atlántico: Mi Amanecer en Santa Tecla

 

Hay lugares que te obligan a mirar hacia arriba, pero el Castro de Santa Tecla, en A Guarda, te obliga a mirar hacia adentro. Salí de mi castillo buscando de nuevo esa frontera mágica donde Galicia se toca con Portugal, y terminé encontrando un laberinto de piedra que parece custodiar la entrada al mismísimo fin del mundo.

Llegar a A Guarda es como entrar en un cuadro pintado con azules y verdes imposibles. Pero para entender este lugar, hay que subir. Mientras el coche serpenteaba hacia la cima del monte, sentí ese cosquilleo en la nuca. No era solo el cambio de altitud; era la energía de miles de personas que, hace más de dos mil años, decidieron que este pico de 341 metros era el mejor lugar del planeta para vivir, soñar y vigilar el horizonte.

El Laberinto de Piedra y los Sueños Circulares

Al bajarme del coche en el castro, el viento me dio la bienvenida con un rugido. Me encontré rodeada de cientos de cimientos circulares. Caminar por Santa Tecla no es visitar una ruina; es interrumpir una conversación que se quedó pausada en el tiempo. Me detuve frente a una de las casas reconstruidas, con su techo de paja y su forma de útero de piedra.

Los castreños no hacían esquinas. Vivían en círculos, como los ciclos de la luna, como las estaciones. Sentí esa vibración de hogar, de refugio. Imaginé a las familias moliendo grano mientras vigilaban el estuario del Miño. Aquí no había reyes en tronos de oro, había una comunidad perfectamente sintonizada con el paisaje. Es una lección de humildad: la piedra perdura, nosotros solo estamos de paso.

Portugal a un Suspiro y el Abrazo del Miño

Desde la cima, la vista es, sencillamente, un golpe al alma. A un lado, el Atlántico rompiendo con furia. Al otro, el río Miño ensanchándose en un estuario que parece un espejo de plata. Y justo enfrente, Portugal. La frontera allí no existe; es solo una línea imaginaria en el agua. Se ve Caminha, se ven los campos verdes del país vecino... y te das cuenta de que la magia celta no entendía de pasaportes.

Bajando la mirada hacia la falda del monte, aparece Camposanco. Ese lugar tiene una energía distinta, más densa, cargada de una historia que a veces duele pero que es necesario recordar. Es el contraste perfecto con la elevación mística del castro.

El Descanso Eterno frente al Mar y la Arena de los Molinos

De vuelta al nivel del mar, me dejé llevar por la costa. Pasé por el Cementerio de A Guarda, y os juro que es uno de los lugares más bellos y melancólicos que he visto. Hay algo profundamente poético en descansar eternamente mirando al océano que alimentó a mis antepasados.

Y para sacudirme la melancolía, terminé la crónica en la Playa de los Molinos (Praia dos Muíños). Es una playa salvaje, donde el agua es cristalina y el viento te peina a su manera. Allí, entre las dunas y el sonido de las olas, entendí por qué los antiguos eligieron este rincón de Galicia. No buscaban solo defensa; buscaban belleza.

Regreso al Castillo con el Alma Lavada

Vuelvo a mi castillo con los pulmones llenos de aire gallego y los bolsillos (imaginarios) llenos de piedras circulares. Santa Tecla me ha recordado que somos parte de un ciclo mucho más grande. Que nuestras rutinas de limpieza y nuestros proyectos no son muy diferentes a los que aquellos castreños tenían hace siglos: mantener el fuego encendido y esperar a que el sol salga por el horizonte.

Si alguna vez sentís que habéis perdido el norte, subid a Santa Tecla. Allí, entre las piedras circulares y el abrazo del Miño, encontraréis todas las respuestas que no están en los libros.

¿Habéis sentido alguna vez que una piedra os contaba una historia de hace dos mil años? Os leo abajo.

Fotografía generada por IA

Gracias.

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